miércoles, 28 de mayo de 2014
La obra de títeres que viaja con nosotros!
La
Arania Flacucha. Miguel Angel Suarez Caaman (Chetumal-
Mexico)
(perdon por la falta de acentos y enies, mi teclado es gringo)
Esta era una arania que siempre estaba flaca. Todo el tiempo andaba diciendo: -Yo no se que voy a hacer. Quiero estar gorda y robusta como mis vecinas pero ellas no me quieren decir que hacen para estar llenitas. No quiero seguir siendo flacucha.
Entonces, sabes que hizo la arania sobrino?Decidio cambiarse de domicilio! Penso que provablemente los bichos que comiera por otro lugar la alimentarian mejor.
Y asi lo hizo. Sin avisar a ninguna de sus companieras y sus vecinas se fue por otros montes, pues has de saber sobrino, que esta arania era del monte.
Al llegar al lugar que escogio para vivir, se puso a tejer su casa. Cuando termino dijo, mientras secaba su sudor:
-Ah!, que bueno que termine pronto! Ya es noche y deseo descansar un poco antes de atrapar mi comida.
Desde luego, se dispuso a dormir un rato en su nueva casa. Estaba por cerrar sus ojos, cuando a lo lejos, distinguio a unos bichitos que parecian pequenias estrellas, las cuales, segun calculo, en ese momento pasarian por su trampa de saliva. Muy contenta se preparo para recibirlos.DIjo alegremente:
-Que bueno! Ahi viene mucha comida y creo que dejare de ser flaca para siempre.
En verdad asi sucedio. En su telarania quedaron atrapados bastantes bichitos como para alimentarse durante un anio.
Apenas se fueron los insectos que se salvaron de quedar atrapados en su red, la Arania Flacucha se puso a comer, a comer , a comer y a comer, que clar! esta arania quedo gorda como simpre habia deseado.
De pronto la arania, con la barriga gordisima, sintio que algo caliente le quemaba por dentro. Y dando gritos cayo al suelo en malas condiciones. La pobre no se fijo que aquellos bichitos que trago apresuradamente, eran luciernagas y estas le habian chamuscado la panza....
(perdon por la falta de acentos y enies, mi teclado es gringo)
Esta era una arania que siempre estaba flaca. Todo el tiempo andaba diciendo: -Yo no se que voy a hacer. Quiero estar gorda y robusta como mis vecinas pero ellas no me quieren decir que hacen para estar llenitas. No quiero seguir siendo flacucha.
Entonces, sabes que hizo la arania sobrino?Decidio cambiarse de domicilio! Penso que provablemente los bichos que comiera por otro lugar la alimentarian mejor.
Y asi lo hizo. Sin avisar a ninguna de sus companieras y sus vecinas se fue por otros montes, pues has de saber sobrino, que esta arania era del monte.
Al llegar al lugar que escogio para vivir, se puso a tejer su casa. Cuando termino dijo, mientras secaba su sudor:
-Ah!, que bueno que termine pronto! Ya es noche y deseo descansar un poco antes de atrapar mi comida.
Desde luego, se dispuso a dormir un rato en su nueva casa. Estaba por cerrar sus ojos, cuando a lo lejos, distinguio a unos bichitos que parecian pequenias estrellas, las cuales, segun calculo, en ese momento pasarian por su trampa de saliva. Muy contenta se preparo para recibirlos.DIjo alegremente:
-Que bueno! Ahi viene mucha comida y creo que dejare de ser flaca para siempre.
En verdad asi sucedio. En su telarania quedaron atrapados bastantes bichitos como para alimentarse durante un anio.
Apenas se fueron los insectos que se salvaron de quedar atrapados en su red, la Arania Flacucha se puso a comer, a comer , a comer y a comer, que clar! esta arania quedo gorda como simpre habia deseado.
De pronto la arania, con la barriga gordisima, sintio que algo caliente le quemaba por dentro. Y dando gritos cayo al suelo en malas condiciones. La pobre no se fijo que aquellos bichitos que trago apresuradamente, eran luciernagas y estas le habian chamuscado la panza....
fue
una tarde llena de sol, cuando aquel bichito se dio cuenta que no
tenia nada de que sentirse orgulloso. Volo un poco y se fue a posar
sobre una flor. Como estaba triste hablaba en voz alta:
-Por que sere el unico que no tiene de que sentirse orgulloso?
Y se puso a pensar en aquellos que eran mejor que el
-Por ejemplo Don Sapo y Donia Rana tienen una gran voz con la que cantan para llamar a la lluvia. La noche tiene miles de estrellas que presume. El sol es el que mas luz posee.El campo se viste con distintos trajes de colores. En cambio yo...
Y se callaba ese pobre bichito, porque senti a ser el mas insignificante de todos los que ahi vivian. Y asi se la pasaba: piensa y piensa en como ser alguien para que se fijaran en su persona, ya que nadie le prestaba la mas minima atencion.
Entonces, la flor sobre la que estaba posado le dijo:
-Ya oi tu problema, pequenio amigo. Si tu lo deseas , tal vez pueda ayudarte.
El respondio:
-Si me ayudas, Amiga Flor, te lo agradecere toda la vida.
-Asi es amiguito. Te escuche y deseo ayudarte.
-Y a sabes que me pasa?Quiero tener algo que me ayude a ser alguin. Todos tienen de que presumir y yo no. Mira: tu eres una hermosa flor roja y tienes un aroma muy agradable. En cambio yo ...
-Bueno, pero que es lo que deseas?
-No se. Algo que valga la pena. Algo que me haga sentir util y grandioso.
-Te gustaria ser como yo?
-No , no, no quiero ofenderte, pero a mi no me gusta estar en un solo lugar
-Entiendo. Entonces te agradaria tener la voz de cantante como Don Sapo?
-No lo creo. Con mi tamanio cantaria menos que un mosquito. Y eso no me parece extraordinario.
-Tal vez quisieras tener muchos colores por todo tu cuerpo.
-Algo parecido, o mejor.
Como no complacia en nada donia Flor a Bichito se callaron un rato. Este pensando en que convertirse y aquella buscando que sugerir.
De pronto, a la flor se le ilumino su rostro de petalos y dijo:
-Que te parece tener luz como las estrellas de la noche?
-Si SI!! - grito emocionado el bichito- eso es lo que quiero! tener luz para alumbrar, por las noches , a todos los que viven en el bosque para que no pierdan el camino de regreso a casa. eso es, quiero tener mi propia luz!
-Por que sere el unico que no tiene de que sentirse orgulloso?
Y se puso a pensar en aquellos que eran mejor que el
-Por ejemplo Don Sapo y Donia Rana tienen una gran voz con la que cantan para llamar a la lluvia. La noche tiene miles de estrellas que presume. El sol es el que mas luz posee.El campo se viste con distintos trajes de colores. En cambio yo...
Y se callaba ese pobre bichito, porque senti a ser el mas insignificante de todos los que ahi vivian. Y asi se la pasaba: piensa y piensa en como ser alguien para que se fijaran en su persona, ya que nadie le prestaba la mas minima atencion.
Entonces, la flor sobre la que estaba posado le dijo:
-Ya oi tu problema, pequenio amigo. Si tu lo deseas , tal vez pueda ayudarte.
El respondio:
-Si me ayudas, Amiga Flor, te lo agradecere toda la vida.
-Asi es amiguito. Te escuche y deseo ayudarte.
-Y a sabes que me pasa?Quiero tener algo que me ayude a ser alguin. Todos tienen de que presumir y yo no. Mira: tu eres una hermosa flor roja y tienes un aroma muy agradable. En cambio yo ...
-Bueno, pero que es lo que deseas?
-No se. Algo que valga la pena. Algo que me haga sentir util y grandioso.
-Te gustaria ser como yo?
-No , no, no quiero ofenderte, pero a mi no me gusta estar en un solo lugar
-Entiendo. Entonces te agradaria tener la voz de cantante como Don Sapo?
-No lo creo. Con mi tamanio cantaria menos que un mosquito. Y eso no me parece extraordinario.
-Tal vez quisieras tener muchos colores por todo tu cuerpo.
-Algo parecido, o mejor.
Como no complacia en nada donia Flor a Bichito se callaron un rato. Este pensando en que convertirse y aquella buscando que sugerir.
De pronto, a la flor se le ilumino su rostro de petalos y dijo:
-Que te parece tener luz como las estrellas de la noche?
-Si SI!! - grito emocionado el bichito- eso es lo que quiero! tener luz para alumbrar, por las noches , a todos los que viven en el bosque para que no pierdan el camino de regreso a casa. eso es, quiero tener mi propia luz!
Sin
embargo, su pequenio rostro se pinto de tristeza y le pregunto a la
flor: Como podre ser alguien con mucha luz?
-Escucha- le dijo la Flor- anda a ver a don Buho. El es muy sabio y posiblemente solucione tu problema.
-Gracias, Florecita- agradecio Bichito y pertio hacia el monte donde le indicaron que vivia Don Buho Sabihondo. En ese momento la tarde guardaba su ropa anaranjada dentro de la maleta del horizonte , para dar paso a la noche que empezaba a levantarse. Y Bichito, al llegar a la casa de Don Buho Sabihondo, empezo a tocar la puerta.
toc ! toc! toc
Don Buho al oir que tocaban, fue a ver quien era. Y como no vio a nadie se dispuso a cerrar, cuando en eso Bichito volo cerca de los enormes ojos de Don Buho y le dijo:
-Espera, amigo. Soy yo quien ha tocado.
Don Buho sabihondo, al ver a su pequenia visita, la invito a pasar.
-Muy bien pequenin. Adelante y lugo me diras que deseas.
Despues de posarse sobre uno de los viejos libreos de Don Buho, Bichito le explico que Donia Flor le habia mandado a verlo.
- Ah! Donia FLor te envia! que bien, ella y yo somos grandes amigos. Dime que deseas, o en que te puedo servir.
-Donia Flor me dijo que usted sabe mucho y que podria darme una mano.
-Soy todo oidos.
-Me siento muy insignificante. Deseo ser alguien que no tenga por que sentirse menos que otros. Vea, por ejemplo usted es muy sabio, Don Sol tiene mucha luz. donia Flor es muy olorosa y colorida, Donia Lagartija resulta muy habil para correr. Como te daras cuenta cada habitante del monte posee algo de que sentirse contento. Y yo no tengo de que enorgullecerme. Es mas, casi nadie me habla....
-Que deseas? -lo interrumpio Don Buho.
-yo quiero tener mucha luz y por las noches alumbrar el camino de todos. Desde luego, que este deseo que tengo es para tener muchos amigos y ser util a la vez.
-bien amiguito. Te dire que haras. Espero que esto te ayude a que consigas lo que deseas.
Y Don Buho explico a bichito que, dentro de dos dias, segun sus calculos, caeria una lluvia de aerolitos cerca de la colina que estaba la norte. Y luego le dijo muy serio a Bichito:
-TOMA EL POLVO QUE AHI DEJARAN AQUELLAS PIEDRAS DEL CIELO Y BANIATE CON EL DURANTE UNA SEMANA. TAMBIEN TE DARAS LARGOS BANIOS DE SOL PARA FIJAR BIEN EN TU CUERPO ESA LUMINOSIDAD DE LOS AEROLITOS. HAZLO POR UNA SEMANA IGUALMENTE . LUEGO COME UN POCO DE AQUEL POLVO CELESTE Y ASI LOGRARAS TU DESEO. SIN EMBARGO, MI PEQUENIO AMIGO, SOLO DE NOCHE PODRAS SALIR A PRESUMIR ESTE REGALO DEL CIELO QUE QUEDARA EN TU CUERPO.- concluyo Don Buho. (Miguel Angel Suarez Caamal)
-Escucha- le dijo la Flor- anda a ver a don Buho. El es muy sabio y posiblemente solucione tu problema.
-Gracias, Florecita- agradecio Bichito y pertio hacia el monte donde le indicaron que vivia Don Buho Sabihondo. En ese momento la tarde guardaba su ropa anaranjada dentro de la maleta del horizonte , para dar paso a la noche que empezaba a levantarse. Y Bichito, al llegar a la casa de Don Buho Sabihondo, empezo a tocar la puerta.
toc ! toc! toc
Don Buho al oir que tocaban, fue a ver quien era. Y como no vio a nadie se dispuso a cerrar, cuando en eso Bichito volo cerca de los enormes ojos de Don Buho y le dijo:
-Espera, amigo. Soy yo quien ha tocado.
Don Buho sabihondo, al ver a su pequenia visita, la invito a pasar.
-Muy bien pequenin. Adelante y lugo me diras que deseas.
Despues de posarse sobre uno de los viejos libreos de Don Buho, Bichito le explico que Donia Flor le habia mandado a verlo.
- Ah! Donia FLor te envia! que bien, ella y yo somos grandes amigos. Dime que deseas, o en que te puedo servir.
-Donia Flor me dijo que usted sabe mucho y que podria darme una mano.
-Soy todo oidos.
-Me siento muy insignificante. Deseo ser alguien que no tenga por que sentirse menos que otros. Vea, por ejemplo usted es muy sabio, Don Sol tiene mucha luz. donia Flor es muy olorosa y colorida, Donia Lagartija resulta muy habil para correr. Como te daras cuenta cada habitante del monte posee algo de que sentirse contento. Y yo no tengo de que enorgullecerme. Es mas, casi nadie me habla....
-Que deseas? -lo interrumpio Don Buho.
-yo quiero tener mucha luz y por las noches alumbrar el camino de todos. Desde luego, que este deseo que tengo es para tener muchos amigos y ser util a la vez.
-bien amiguito. Te dire que haras. Espero que esto te ayude a que consigas lo que deseas.
Y Don Buho explico a bichito que, dentro de dos dias, segun sus calculos, caeria una lluvia de aerolitos cerca de la colina que estaba la norte. Y luego le dijo muy serio a Bichito:
-TOMA EL POLVO QUE AHI DEJARAN AQUELLAS PIEDRAS DEL CIELO Y BANIATE CON EL DURANTE UNA SEMANA. TAMBIEN TE DARAS LARGOS BANIOS DE SOL PARA FIJAR BIEN EN TU CUERPO ESA LUMINOSIDAD DE LOS AEROLITOS. HAZLO POR UNA SEMANA IGUALMENTE . LUEGO COME UN POCO DE AQUEL POLVO CELESTE Y ASI LOGRARAS TU DESEO. SIN EMBARGO, MI PEQUENIO AMIGO, SOLO DE NOCHE PODRAS SALIR A PRESUMIR ESTE REGALO DEL CIELO QUE QUEDARA EN TU CUERPO.- concluyo Don Buho. (Miguel Angel Suarez Caamal)
Casiopea ha comenzado su viaje.
El 10 de mayo partimos de Playa del
Carmen, después de tantos preparativos de último momento y de
emotivas despedidas, salimos hacia Akumal, para decirle adiós a una
de nuestras playas favoritas. A falta de estacionamiento seguimos
para Yal Ku, una laguna hermosa que se comunica con el mar. Allí
vimos un atardecer de todos colores y antes de que oscureciera
trepamos a la combi para irnos a casa de nuestro amigo Tim.
Al otro día salíamos para Valladolid,
una ciudad colonial muy conservada, con su zócalo todo arbolado y
con puestos de artesanías y comida típica, como carne ahumada de
Tepozón. Era domingo, entonces la gente saldría de sus casas en la
tarde para dar la vuelta al zócalo, ir a misa, etc, antes no había
nadie en las calles, definitivamente NADIE. Nos pusimos a hacer pan
de guayaba y pan de plátano, deliciosos, en una sombrita cerca de un
cenote (cuevas subterráneas de agua duce), porque allí en
Valladolid hay muchos Cenotes. Los polis nos advirtieron que no nos
pusiéramos a vender en lugares públicos (del gobierno), pero que si
hablábamos con el Padresito, podíamos ponernos en la iglesia. A la
salida de la misa ahí estábamos bien puestos, esperando que saliera
la gente, con nuestra vendimia y nuestro show de marionetas. Vendimos
toda la comida y muchas artesanías de las que llevamos. En la noche
comenzó el danzón en el zócalo, todos bailaban al ritmo de lo que
los músicos proponían. Era como darle play a una ciudad dormida.
A la hora de dormir nos dieron un susto
los polis. Acostumbrados a la policía de Playa, sentimos un poco de
miedo, pero los señores nada más venían para indicarnos un sitio
más seguro donde dormir.
PRIMER ENCUENTRO DE CASIOPEA CON LAS
TORTUGAS MARINAS
Desde Valladolid tomamos rumbo a El
Cuyo (Yucatán) , un pueblo de pescadores donde nuestra amiga
Marlene, la de la cabeza con tirabuzones, trabaja patrullando la
playa por las noches para marcar los nidos de las tortugas marinas.
La combi se balanceaba de un lado a
otro mientras intentabamos atravesar la carretera que de un lado
tenía el mar y del otro una laguna llena de flamencos. En la mitad
del recorrido ventoso, el techo elevable de la combi se levantó y
como locos lo intentamos cerrar para que no nos diera un viaje
volador por encima del mar, aunque hubiEse sido divertido, pero aún
no estamos tan desectructurados como para permitirnos una aventura
como tal. Casiopea quiso detenerse a observar a los flamencos, esos
animales de patas coloradas le llamaban la atención, ¿qué les
pasaba a sus piernas? ¿Por qué se detenían a veces en una pierna
sola? . Después un flamenco nos contó el por qué, más adelante
les revelaremos el secreto.
Llegando al pueblito vimos a la
bióloga Marlene que nos venía a dar un abrazo de bienvenida. Con
ella venían Jina y Alicia, las tres mosqueteras nos hicieron pasar
cuatro días inolvidables. Cada noche, a eso de las diez, salían en
el cuatrimoto a recorrer 28 quilómentros por la costa. Donde veían
una huella de tortuga, se detenían e iban a checar si la tortuga
estaba desovando. Si se veían dos huellas juntas era porque la
tortuga ya había puesto sus huevos, y también se veía a veces la
huella de que la tortuga se había regresado sin poner sus huevos. En
los casos en los que aún se veía a la tortuga, se le tomaban las
medidas de su caparazón, se identificaba su especie, se colocaba un
chip con un número para poder seguirlas de alguna manera y así
poder conocer más de sus rutas y su supervivencia. Si el nido había
sido puesto en un sitio inseguro por las mareas, había que moverlo
con mucho cuidado, huevo por huevo, a otro pozo. Cuando la tortuga ya
no estaba, se identificaba la especie por la huella que dejaban. A
nosotros nos tocó ver la especie Carey, deshovando, tapando su nido
o partiendo hacia el mar. La ternura que transmiten estos animales y
ese tiempo en el que te envuelven, un tiempo despacio, de movimientos
suaves, de caminata tranquila, hace pensar en la estupidez de correr
para todos lados. Las sabias portadoras del caparazón deshovan en la
playa donde nacieron, es decir que las tortuguitas que nacerán de
aquellos nidos que vimos, luego de atravesar con la valentía
necesaria el infinito trayecto que significa para ellas la distancia
entre el nido y el mar, y a pesar de tantos obstáculos que deben
resistir y por los que muchas no llegan al mar, las que lo hacen, las
pocas que logran barrenar las olas, graban en si mismas aquel camino
donde volverán a poner sus nidos veinte años después.
Algún susto nos pegamos con unas
huellas de cocodrilos, con unos brillos extraños en los médanos, o
con una tortuga muerta, pero el cielo nos estaba viendo, la luna
estuvo redonda y alguna luciérnaga también ayudaba con la luz en los
pastizales.
Una mañana fuimos con La araña
flacucha a la escuela preescolar del pueblo, a la salida hicimos la
función de títeres, los niños estaban contentos, los padres
también. Nos contaron que en la escuelita se sigue enseñando la
lengua maya, tan importante para mantener el legado de sus ancestros.
A la mañana siguiente la visita de la
Araña flacucha fue para la escuela primaria, donde acudían 200
niños. Hicimos la obra para todos y a continuación un taller donde
cada uno fabricó su titere con botella de pet, tetra pack y tela. La
consigna era que lo pintarían en la casa.
Al día siguiente no había clases,
entonces los invitamos a una actividad en la plaza principal. Nos
encantó saber que muchos de ellos ya habían pintado su títere en
casa. Hicimos algunos juegos y la obra del limpiabotas. Viki les
contó el cuento que el flamenco nos había dicho, de porqué tienen
las patas coloradas. Después supimos que Horacio Quiroga ya había
hablado con los flamingos del Cuyo y le habían contado la miSma
historia que luego escribió en un cuento que se llama “Las medias
de los flamencos”. Hicimos un juego de cuentacuentos con las
tarjetas de la lotería mexicana, cada niño tenía una tarjeta y con
la imagen debían continuar la historia que se iba creando con los
diferentes personajes de la lotería. Al contarlo debían hacer las
voces que le hubieran inventado a su tarjeta.
“Había una vez en el Cuyo, una
calavera que sólo salía por las noches, los niños nunca la vieron
y los adultos lo guardavan en secreto para que los niños no se
espantaran. Es que la calavera llevaba unos auriculares y siempre se
ponía a bailar cumbia. Una noche, de la nada apareció un pingüino
perdido, e invitó a la calavera a bañarse en el mar. La calavera
asintió pero mientras se remojaban, un lobo marino los quizo atacar
y tuvieron que irse a otro lugar, el pingüino con la prisa estornudó
y se creó una ola gigante que inundó todo el Cuyo. Los peces de los
refrigeradores se salieron y quedaron libres, afuera había una
ardilla viendolo todo, salió flotando en su cama. La gente seguía
durmiendo como de costumbre. Cuando el sol salió y la tierra empezó
a absorver toda el agua, una cobra apareció para amenazar al
pingüino y la calaca. Entonces ambos comenzaron a nadar, la cobra se
dio cuenta que no podía continuar porque el agua salada le hacía
mal, entonces los dos amigos pudieron escapar, se subieron a una
canoa. La luna se metió y se convirtió en agua. Una sirena guió a
aquellos nuevos amigos por el resto de su viaje”
Luego brinca mos la cuerda, jugamos
lotería, pesca pesca, vimos fotoografías y nos reímos bastante.
Vendimos panecitos y títeres. En un pueblito tan pequeño la gente
nos compró más cosas que en la ciudad, estaban agradecidos y
contentos, nosotros tambien , porque la gente nos recibía con mucho
cariño en todos lados.
Nos dimos muchos abrazos y nos
despedimos.
Al día siguiente, Casiopea no se
quería ir, estaba angustiada y tapó la manguerita de gasolina, la
muy mañosa no quería arrancar, le gustaron las tortugas, se
encariñó.... cosas que pasan.
El señor José Angel, que había
estado participando en las actividades el día anterior, justo pasó
en su bicicleta y nos gritó que de inmediato vendría a ayudarnos.
Sabía bastante de bochos, así que conocía las entrañas de
Casiopea. Detectamos, gracias a sus indicaciones, dónde estaba
tapada la manguera, Betty que está flaquita, aunque bien alimentada,
cabía debajo de la combi, se metió y cortó lo que tenía que
cortar y se remojó en gasolina que hasta el día de hoy apesta, como
los muchachos que sacan fuego por la boca. Con la ayuda de todos
pudimos hacer que la Casiopea comprenda que va a tener muchas
despedidas en el camino y que no puede hacer berrinche en cada pueblo
que debemos dejar atrás.
Partimos para Mérida donde César nos
esperaba con un borrego, o cordero, para asar, en una cruz en su gran
patio con alberca. Aquello me recordó a la película el Cuervo, en
el medio del desierto aquella crucificción.
Una belleza esta ciudad, llena de vida
y de mucha gente que defiende la cultura. Da la casualidad de que hay
un festival de la cultura y muchos eventos gratuitos.
El domingo fuimos al inframundo, un
Cenote hundido como 4 pisos bajo la tierra. Una escalera caracol nos
fue indicando hasta donde ir, la cúpula de la cueva era maravillosa,
en la profundidad se veía oscuro, el agua fresca nos reanimó, los
bagresitos nos acompañaban. El que explotaba de felicidad era Coba,
el perrito de César, que brincaba al agua haciéndose pasar por
guarda vidas.
En la tarde fuimos con Casiopea para el
centro, todos a trabajar. Apenas nos situamos en la Plaza Grande con
el Limpiabotas, se llenó de gente alrededor. Una fiscala alargada
nos vino a quitar, con respeto nos comenzamos a retirar pero la bola
de gente que estaba esperando el show se le fue encima reclamadole
que porqué nos quitaba si lo que traíamos era arte etc., etc !!!
Fue la revolución en unos minutos! Entonces a la mujer no le quedó
otra que mandarnos frente a la Iglesia, yo creo que en este viaje nos
volveremos católicos actuando frente a tantas casas de dios ! Esa
noche vendimos todo, pan de guayaba, de elote, de plátano y de
almendras, y sacamos buenas gorras de cooperación del limpiabotas.
jueves, 20 de marzo de 2014
CAPITULO DOS , DE MOMO
Una cualidad poco común y una pelea muy común
esde entonces, Momo vivió muy bien, por lo menos eso le parecía a ella. Siempre tenía algo que comer, unas veces más, otras menos, según fuesen las cosas y según la gente pudiera prescindir de ellas. Tenía un techo sobre su cabeza, tenía una cama, y, cuando tenía frío, podía encender el fuego. Y, lo más importante: tenía muchos y buenos amigos. Se podía pensar que Momo había tenido mucha suerte al haber encontrado gente tan amable, y la propia Momo lo pensaba así. Pero también la gente se dio pronto cuenta de que había tenido mucha suerte. Necesitaban a Momo, y se preguntaban cómo habían podido pasar sin ella antes. Y cuanto más tiempo se quedaba con ellos la niña, tanto más imprescindible se hacía, tan imprescindible que todos temían que algún día pudiera marcharse. A eso se debe que Momo tuviera muchas visitas. Casi siempre se veía a alguien sentado con ella, que le hablaba solícitamente. Y el que la necesitaba y no podía ir, la mandaba buscar. Y a quien todavía no se había dado cuenta de que la necesitaba, le decían los demás: —¡Vete con Momo! Estas palabras se convirtieron en una frase hecha entre la gente de las cercanías. Igual que se dice: «¡Buena suerte!», o «¡Que aproveche!», o «¡Y qué sé yo!», se decía, en toda clase de ocasiones: «¡Vete con Momo!». Pero, ¿por qué? ¿Es que Momo era tan increíblemente lista que tenía un buen consejo para cualquiera? ¿Encontraba siempre las palabras apropiadas cuando alguien necesitaba consuelo? ¿Sabía hacer juicios sabios y justos? No; Momo, como cualquier otro niño, no sabía hacer nada de todo eso. Entonces, ¿es que Momo sabía algo que ponía a la gente de buen humor? ¿Sabía cantar muy bien? ¿O sabía tocar un instrumento? ¿O es que —ya que vivía en una especie de circo— sabía bailar o hacer acrobacias? No, tampoco era eso. ¿Acaso sabía magia? ¿Conocía algún encantamiento con el que se pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones? ¿Sabía leer en las líneas de la mano o predecir el futuro de cualquier otro modo? Nada de eso. Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar. Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única. Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro
con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él. Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo. ¡Así sabía escuchar Momo!
Una vez fueron a verla al anfiteatro dos hombres que se habían peleado a muerte y que ya no se querían hablar, a pesar de ser vecinos. Los demás les habían aconsejado que fueran a ver a Momo, porque no estaba bien que los vecinos vivieran enemistados. Los dos hombres, al principio, se habían negado, pero al final habían accedido a regañadientes. Ahí estaban los dos, en el anfiteatro, mudos y hostiles, cada uno en un lado de las filas de asientos de piedra, mirando sombríos ante sí. Uno era el albañil que había hecho el hogar y el bonito cuadro de flores que había en la «salita» de Momo. Se llamaba Nicola y era un tipo fuerte con un mostacho negro e hirsuto. El otro se llamaba Nino. Era delgado y siempre parecía un poco cansado. Nino era el arrendatario de un pequeño establecimiento al borde de la ciudad, en el que por lo general sólo había unos pocos viejos que en toda la noche no bebían más que un solo vaso de vino y hablaban de sus recuerdos. También Nino y su gorda mujer estaban entre los amigos de Momo y muchas veces le habían traído cosas buenas que comer. Como Momo se dio cuenta de que los dos estaban enfadados, no supo, al principio, con quién sentarse primero. Para no ofender a ninguno, se sentó por fin en el borde de piedra de la escena a la misma distancia de uno y de otro y miraba alternativamente a uno y a otro. Simplemente esperaba a ver qué ocurría. Algunas cosas necesitan su tiempo, y tiempo era lo único que Momo tenía de sobra. Después de que los hombres hubieran estado así un buen rato, Nicola se levantó de repente y dijo: —Yo me voy. He demostrado que tenía buena voluntad al venir aquí. Pero tú ves, Momo, lo obstinado que es él. ¿A qué esperar más? Y, efectivamente, se volvió para irse. —Sí, ¡lárgate! —le gritó Nino—. No hacía ninguna falta que vinieras. Yo no me reconcilio con un criminal. Nicola giró en redondo. Su cara estaba roja de ira. —¿Quién es un criminal? —preguntó en tono amenazador y volvió a su sitio—. ¡Repítelo! —¡Lo repetiré cuantas veces quieras! —gritó Nino—. ¿Tú te crees que porque eres grande y fuerte nadie se atreve a decirte las verdades a la cara? Yo me atrevo, y te las cantaré a ti y a cualquiera que quiera escucharlas. Adelante, ven y mátame, como ya dijiste una vez que harías. —¡Ojalá lo hubiese hecho! —chilló Nicola y apretó los puños—. Ya ves, Momo, cómo miente y calumnia. Sólo lo agarré una vez por el cuello y lo tiré al charco que hay detrás de su covacha. Allí no se ahoga ni una rata —volviéndose de nuevo a Nino, gritó—. Por desgracia vives todavía, como se puede
ver. Durante un rato volaron en una y otra dirección los peores insultos, y Momo no podía entender de qué iba la cosa y por qué estaban tan enfadados los dos. Pero poco a poco fue sabiendo que Nicola sólo había cometido aquella salvajada porque Nino, antes, le había dado una bofetada delante de algunos de sus parroquianos. A eso, por su parte, le había antecedido el intento de Nicola de hacer añicos toda la vajilla de Nino. —¡No es verdad! —se defendió amargamente Nicola—. Sólo tiré a la pared una sola jarra que, además, ya tenía una grieta. —Pero la jarra era mía, ¿sabes? —respondió Nino—. Y, además, no tienes derecho a eso. Nicola pensaba que sí tenía derecho a eso, porque Nino lo había ofendido en su honor de albañil. —¿Sabes lo que dijo de mí? —gritó dirigiéndose a Momo—. Dijo que yo no era capaz de construir una pared derecha, porque estaba borracho día y noche. Que era igual que mi tatarabuelo, que había trabajado en la torre inclinada de Pisa. —Pero, Nicola —contestó Nino—, si eso era una broma. —¡Bonita broma! —protestó Nicola—. No tiene ninguna gracia. Resultó que Nino sólo había devuelto una broma anterior de Nicola. Porque una mañana se había encontrado con que en su puerta habían escrito con grandes letras rojas:
GATOS Y VENTEROS, TODOS RATEROS
Y eso, a su vez, no le había hecho ninguna gracia a Nino. Durante un rato se pelearon, muy en serio, sobre cuál de las dos bromas era peor, y volvieron a encolerizarse. Pero de repente se quedaron cortados. Momo los miraba con grandes ojos, y ninguno de los dos podía explicarse bien, bien, su mirada. ¿Es que, por dentro, se estaba riendo de ellos? ¿O estaba triste? Su cara no se lo decía. Pero a los dos hombres les pareció, de repente, que se veían a sí mismos en un espejo, y comenzaron a sentir vergüenza. —Bien —dijo Nicola—, puede ser que no debiera haber escrito aquello en tu puerta, Nino. No lo hubiera hecho si tú no te hubieras negado a servirme un vaso de vino más. Eso iba contra la ley, ¿sabes? Porque siempre te he pagado y no tenías ninguna razón para tratarme así. —¡Ya lo creo que la tenía! —contestó Nino—. ¿Es que ya no te acuerdas de aquel asunto del san Antonio? ¡Ah, ahora te has puesto blanco! Porque me estafaste con todas las de la ley, y no tengo por qué aguantártelo. —¿Que yo te estafé a ti? —gritó Nicola—. ¡Al revés! Tú querías engañarme a mí, sólo que no lo conseguiste. El asunto era el siguiente: en el pequeño establecimiento de Nino colgaba de la pared una pequeña imagen de san Antonio. Era una foto en color que Nino había recortado una vez de una revista. Un día, Nicola le quiso comprar esa imagen; según decía, porque le gustaba mucho. Regateando hábilmente, Nino había conseguido que Nicola le diera, a cambio, su vieja radio. Nino se creyó muy listo, porque Nicola hacía muy mal negocio. Se pusieron de acuerdo. Pero después resultó que entre la imagen y el marco de cartón había un billete de banco, del que Nino no sabía nada. De repente era él el que hacía un mal negocio, y eso le molestaba. Exigió que Nicola le
devolviera el dinero, porque éste no formaba parte del trato. Nicola se negó, y entonces Nino no le quiso servir nada más. Así había comenzado la pelea. Cuando los dos llegaron al principio del asunto que los había enemistado, callaron un rato. Entonces preguntó Nino: —Dime ahora con toda honradez, Nicola, ¿ya sabías de ese dinero antes del cambio o no? —Claro que sí; si no, no hubiera hecho el cambio. —Entonces estarás de acuerdo en que me has estafado. —¿Por qué? ¿En serio que tú no sabías nada de ese dinero? —No, palabra de honor. —¡Lo ves! Eras tú quien querías estafarme a mí. Porque, ¿cómo podías pedirme mi radio a cambio de un trozo de papel de periódico? —¿Y cómo te enteraste tú de lo del dinero? —Dos noches antes había visto cómo un cliente lo metía allí como ofrenda a san Antonio. Nino se mordió los labios: —¿Era mucho? —Ni más ni menos que lo que valía mi radio —contestó Nicola. —Entonces, toda nuestra pelea —dijo Nino pensativamente— solamente es por el san Antonio que recorté de una revista. Nicola se rascó la cabeza: —En realidad, sí. Si quieres te lo devuelvo, Nino. —¡Qué va! —contestó Nino, con mucha dignidad—. Lo que se da no se quita. Un apretón de manos vale entre caballeros. Y de repente, ambos se echaron a reír. Bajaron los escalones de piedra, se encontraron en medio de la plazoleta central, se abrazaron dándose palmadas en la espalda. Después, ambos abrazaron a Momo y le dijeron: —¡Muchas gracias! Cuando, al cabo de un rato, se fueron, Momo siguió diciéndoles adiós con la mano durante mucho rato. Estaba muy contenta de que sus amigos volvieran a estar de buenas.
Otra vez, un chico le trajo su canario, que no quería cantar. Eso era una tarea mucho más difícil para Momo. Tuvo que estarse escuchándolo toda una semana hasta que por fin volvió a cantar y silbar. Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su propia lengua. Algunas noches, cuando ya se habían ido a sus casas todos sus amigos, se quedaba sola en el gran círculo de piedra del viejo teatro sobre el que se alzaba la gran cúpula estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio. Entonces le parecía que estaba en el centro de una gran oreja, que escuchaba el universo de estrellas. Y también que oía una música callada, pero aun así muy impresionante, que le llegaba muy adentro, al alma. En esas noches solía soñar cosas especialmente hermosas. Y quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe
hacerlo tan bien.
esde entonces, Momo vivió muy bien, por lo menos eso le parecía a ella. Siempre tenía algo que comer, unas veces más, otras menos, según fuesen las cosas y según la gente pudiera prescindir de ellas. Tenía un techo sobre su cabeza, tenía una cama, y, cuando tenía frío, podía encender el fuego. Y, lo más importante: tenía muchos y buenos amigos. Se podía pensar que Momo había tenido mucha suerte al haber encontrado gente tan amable, y la propia Momo lo pensaba así. Pero también la gente se dio pronto cuenta de que había tenido mucha suerte. Necesitaban a Momo, y se preguntaban cómo habían podido pasar sin ella antes. Y cuanto más tiempo se quedaba con ellos la niña, tanto más imprescindible se hacía, tan imprescindible que todos temían que algún día pudiera marcharse. A eso se debe que Momo tuviera muchas visitas. Casi siempre se veía a alguien sentado con ella, que le hablaba solícitamente. Y el que la necesitaba y no podía ir, la mandaba buscar. Y a quien todavía no se había dado cuenta de que la necesitaba, le decían los demás: —¡Vete con Momo! Estas palabras se convirtieron en una frase hecha entre la gente de las cercanías. Igual que se dice: «¡Buena suerte!», o «¡Que aproveche!», o «¡Y qué sé yo!», se decía, en toda clase de ocasiones: «¡Vete con Momo!». Pero, ¿por qué? ¿Es que Momo era tan increíblemente lista que tenía un buen consejo para cualquiera? ¿Encontraba siempre las palabras apropiadas cuando alguien necesitaba consuelo? ¿Sabía hacer juicios sabios y justos? No; Momo, como cualquier otro niño, no sabía hacer nada de todo eso. Entonces, ¿es que Momo sabía algo que ponía a la gente de buen humor? ¿Sabía cantar muy bien? ¿O sabía tocar un instrumento? ¿O es que —ya que vivía en una especie de circo— sabía bailar o hacer acrobacias? No, tampoco era eso. ¿Acaso sabía magia? ¿Conocía algún encantamiento con el que se pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones? ¿Sabía leer en las líneas de la mano o predecir el futuro de cualquier otro modo? Nada de eso. Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar. Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única. Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro
con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él. Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo. ¡Así sabía escuchar Momo!
Una vez fueron a verla al anfiteatro dos hombres que se habían peleado a muerte y que ya no se querían hablar, a pesar de ser vecinos. Los demás les habían aconsejado que fueran a ver a Momo, porque no estaba bien que los vecinos vivieran enemistados. Los dos hombres, al principio, se habían negado, pero al final habían accedido a regañadientes. Ahí estaban los dos, en el anfiteatro, mudos y hostiles, cada uno en un lado de las filas de asientos de piedra, mirando sombríos ante sí. Uno era el albañil que había hecho el hogar y el bonito cuadro de flores que había en la «salita» de Momo. Se llamaba Nicola y era un tipo fuerte con un mostacho negro e hirsuto. El otro se llamaba Nino. Era delgado y siempre parecía un poco cansado. Nino era el arrendatario de un pequeño establecimiento al borde de la ciudad, en el que por lo general sólo había unos pocos viejos que en toda la noche no bebían más que un solo vaso de vino y hablaban de sus recuerdos. También Nino y su gorda mujer estaban entre los amigos de Momo y muchas veces le habían traído cosas buenas que comer. Como Momo se dio cuenta de que los dos estaban enfadados, no supo, al principio, con quién sentarse primero. Para no ofender a ninguno, se sentó por fin en el borde de piedra de la escena a la misma distancia de uno y de otro y miraba alternativamente a uno y a otro. Simplemente esperaba a ver qué ocurría. Algunas cosas necesitan su tiempo, y tiempo era lo único que Momo tenía de sobra. Después de que los hombres hubieran estado así un buen rato, Nicola se levantó de repente y dijo: —Yo me voy. He demostrado que tenía buena voluntad al venir aquí. Pero tú ves, Momo, lo obstinado que es él. ¿A qué esperar más? Y, efectivamente, se volvió para irse. —Sí, ¡lárgate! —le gritó Nino—. No hacía ninguna falta que vinieras. Yo no me reconcilio con un criminal. Nicola giró en redondo. Su cara estaba roja de ira. —¿Quién es un criminal? —preguntó en tono amenazador y volvió a su sitio—. ¡Repítelo! —¡Lo repetiré cuantas veces quieras! —gritó Nino—. ¿Tú te crees que porque eres grande y fuerte nadie se atreve a decirte las verdades a la cara? Yo me atrevo, y te las cantaré a ti y a cualquiera que quiera escucharlas. Adelante, ven y mátame, como ya dijiste una vez que harías. —¡Ojalá lo hubiese hecho! —chilló Nicola y apretó los puños—. Ya ves, Momo, cómo miente y calumnia. Sólo lo agarré una vez por el cuello y lo tiré al charco que hay detrás de su covacha. Allí no se ahoga ni una rata —volviéndose de nuevo a Nino, gritó—. Por desgracia vives todavía, como se puede
ver. Durante un rato volaron en una y otra dirección los peores insultos, y Momo no podía entender de qué iba la cosa y por qué estaban tan enfadados los dos. Pero poco a poco fue sabiendo que Nicola sólo había cometido aquella salvajada porque Nino, antes, le había dado una bofetada delante de algunos de sus parroquianos. A eso, por su parte, le había antecedido el intento de Nicola de hacer añicos toda la vajilla de Nino. —¡No es verdad! —se defendió amargamente Nicola—. Sólo tiré a la pared una sola jarra que, además, ya tenía una grieta. —Pero la jarra era mía, ¿sabes? —respondió Nino—. Y, además, no tienes derecho a eso. Nicola pensaba que sí tenía derecho a eso, porque Nino lo había ofendido en su honor de albañil. —¿Sabes lo que dijo de mí? —gritó dirigiéndose a Momo—. Dijo que yo no era capaz de construir una pared derecha, porque estaba borracho día y noche. Que era igual que mi tatarabuelo, que había trabajado en la torre inclinada de Pisa. —Pero, Nicola —contestó Nino—, si eso era una broma. —¡Bonita broma! —protestó Nicola—. No tiene ninguna gracia. Resultó que Nino sólo había devuelto una broma anterior de Nicola. Porque una mañana se había encontrado con que en su puerta habían escrito con grandes letras rojas:
GATOS Y VENTEROS, TODOS RATEROS
Y eso, a su vez, no le había hecho ninguna gracia a Nino. Durante un rato se pelearon, muy en serio, sobre cuál de las dos bromas era peor, y volvieron a encolerizarse. Pero de repente se quedaron cortados. Momo los miraba con grandes ojos, y ninguno de los dos podía explicarse bien, bien, su mirada. ¿Es que, por dentro, se estaba riendo de ellos? ¿O estaba triste? Su cara no se lo decía. Pero a los dos hombres les pareció, de repente, que se veían a sí mismos en un espejo, y comenzaron a sentir vergüenza. —Bien —dijo Nicola—, puede ser que no debiera haber escrito aquello en tu puerta, Nino. No lo hubiera hecho si tú no te hubieras negado a servirme un vaso de vino más. Eso iba contra la ley, ¿sabes? Porque siempre te he pagado y no tenías ninguna razón para tratarme así. —¡Ya lo creo que la tenía! —contestó Nino—. ¿Es que ya no te acuerdas de aquel asunto del san Antonio? ¡Ah, ahora te has puesto blanco! Porque me estafaste con todas las de la ley, y no tengo por qué aguantártelo. —¿Que yo te estafé a ti? —gritó Nicola—. ¡Al revés! Tú querías engañarme a mí, sólo que no lo conseguiste. El asunto era el siguiente: en el pequeño establecimiento de Nino colgaba de la pared una pequeña imagen de san Antonio. Era una foto en color que Nino había recortado una vez de una revista. Un día, Nicola le quiso comprar esa imagen; según decía, porque le gustaba mucho. Regateando hábilmente, Nino había conseguido que Nicola le diera, a cambio, su vieja radio. Nino se creyó muy listo, porque Nicola hacía muy mal negocio. Se pusieron de acuerdo. Pero después resultó que entre la imagen y el marco de cartón había un billete de banco, del que Nino no sabía nada. De repente era él el que hacía un mal negocio, y eso le molestaba. Exigió que Nicola le
devolviera el dinero, porque éste no formaba parte del trato. Nicola se negó, y entonces Nino no le quiso servir nada más. Así había comenzado la pelea. Cuando los dos llegaron al principio del asunto que los había enemistado, callaron un rato. Entonces preguntó Nino: —Dime ahora con toda honradez, Nicola, ¿ya sabías de ese dinero antes del cambio o no? —Claro que sí; si no, no hubiera hecho el cambio. —Entonces estarás de acuerdo en que me has estafado. —¿Por qué? ¿En serio que tú no sabías nada de ese dinero? —No, palabra de honor. —¡Lo ves! Eras tú quien querías estafarme a mí. Porque, ¿cómo podías pedirme mi radio a cambio de un trozo de papel de periódico? —¿Y cómo te enteraste tú de lo del dinero? —Dos noches antes había visto cómo un cliente lo metía allí como ofrenda a san Antonio. Nino se mordió los labios: —¿Era mucho? —Ni más ni menos que lo que valía mi radio —contestó Nicola. —Entonces, toda nuestra pelea —dijo Nino pensativamente— solamente es por el san Antonio que recorté de una revista. Nicola se rascó la cabeza: —En realidad, sí. Si quieres te lo devuelvo, Nino. —¡Qué va! —contestó Nino, con mucha dignidad—. Lo que se da no se quita. Un apretón de manos vale entre caballeros. Y de repente, ambos se echaron a reír. Bajaron los escalones de piedra, se encontraron en medio de la plazoleta central, se abrazaron dándose palmadas en la espalda. Después, ambos abrazaron a Momo y le dijeron: —¡Muchas gracias! Cuando, al cabo de un rato, se fueron, Momo siguió diciéndoles adiós con la mano durante mucho rato. Estaba muy contenta de que sus amigos volvieran a estar de buenas.
Otra vez, un chico le trajo su canario, que no quería cantar. Eso era una tarea mucho más difícil para Momo. Tuvo que estarse escuchándolo toda una semana hasta que por fin volvió a cantar y silbar. Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su propia lengua. Algunas noches, cuando ya se habían ido a sus casas todos sus amigos, se quedaba sola en el gran círculo de piedra del viejo teatro sobre el que se alzaba la gran cúpula estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio. Entonces le parecía que estaba en el centro de una gran oreja, que escuchaba el universo de estrellas. Y también que oía una música callada, pero aun así muy impresionante, que le llegaba muy adentro, al alma. En esas noches solía soñar cosas especialmente hermosas. Y quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe
hacerlo tan bien.
miércoles, 19 de marzo de 2014
MOMO, cuento en el cual se descubre el por qué del nombre de Casiopea
PRIMERA PARTE: Momo y sus amigos
Una ciudad grande y una niña pequeña
En los viejos, viejos tiempos cuando los hombres hablaban todavía muchas otras lenguas, ya había en los países ciudades grandes y suntuosas. Se alzaban allí los palacios de reyes y emperadores, había en e...llas calles anchas, callejas estrechas y callejuelas intrincadas, magníficos templos con estatuas de oro y mármol dedicadas a los dioses; había mercados multicolores, donde se ofrecían mercaderías de todos los países, y plazas amplias donde la gente se reunía para comentar las novedades y hacer o escuchar discursos. Sobre todo, había allí grandes teatros. Tenían el aspecto de nuestros circos actuales, sólo que estaban hechos totalmente de sillares de piedra. Las filas de asientos para los espectadores estaban escalonadas como en un gran embudo. Vistos desde arriba, algunos de estos edificios eran totalmente redondos, otros más ovalados y algunos hacían un ancho semicírculo. Se les llamaba anfiteatros. Había algunos que eran tan grandes como un campo de fútbol y otros más pequeños, en los que sólo cabían unos cientos de espectadores. Algunos eran muy suntuosos, adornados con columnas y estatuas, y otros eran sencillos, sin decoración. Esos anfiteatros no tenían tejado, todo se hacía al aire libre. Por eso, en los teatros suntuosos se tendían sobre las filas de asientos tapices bordados de oro, para proteger al público del ardor del sol o de un chaparrón repentino. En los teatros más humildes cumplían la misma función cañizos de mimbre o paja. En una palabra: los teatros eran tal como la gente se los podía permitir. Pero todos querían tener uno, porque eran oyentes y mirones apasionados. Y cuando escuchaban los acontecimientos conmovedores o cómicos que se representaban en la escena, les parecía que la vida representada era, de modo misterioso, más real que su vida cotidiana. Y les gustaba contemplar esa otra realidad. Han pasado milenios desde entonces. Las grandes ciudades de aquel tiempo han decaído, los templos y palacios se han derrumbado. El viento y la lluvia, el frío y el calor han limado y excavado las piedras, de los grandes teatros no quedan más que ruinas. En los agrietados muros, las cigarras cantan su monótona canción y es como si la tierra respirara en sueños. Pero algunas de esas viejas y grandes ciudades siguen siendo, en la actualidad, grandes. Claro que la vida en ellas es diferente. La gente va en coche o tranvía, tiene teléfono y electricidad. Pero por aquí o por allí, entre los edificios nuevos, quedan todavía un par de columnas, una puerta, un trozo de muralla o incluso un anfiteatro de aquellos lejanos días. En una de esas ciudades transcurrió la historia de Momo.
Fuera, en el extremo sur de esa gran ciudad, allí donde comienzan los primeros campos, y las chozas y chabolas son cada vez más miserables, quedan, ocultas en un pinar, las ruinas de un pequeño anfiteatro. Ni siquiera en los viejos tiempos fue uno de los suntuosos; ya por aquel entonces era, digamos, un teatro para gente humilde. En nuestros días, es decir, en la época en que se inició la historia de Momo, las
ruinas estaban casi olvidadas. Sólo unos pocos catedráticos de arqueología sabían que existían, pero no se ocupaban de ellas porque ya no había nada que investigar. Tampoco era un monumento que se pudiera comparar con los otros que había en la gran ciudad. De modo que sólo de vez en cuando se perdían por allí unos turistas, saltaban por las filas de asientos, cubiertas de hierbas, hacían ruido, hacían alguna foto y se iban de nuevo. Entonces volvía el silencio al círculo de piedra y las cigarras cantaban la siguiente estrofa de su interminable canción que, por lo demás, no se diferenciaba en nada de las estrofas anteriores. En realidad, sólo las gentes de los alrededores conocía el curioso edificio redondo. Apacentaban en él sus cabras, los niños usaban la plaza redonda para jugar a la pelota y a veces se encontraban ahí, de noche, algunas parejitas. Pero un día corrió la voz entre la gente de que últimamente vivía alguien en las ruinas. Se trataba, al parecer, de una niña. No lo podían decir exactamente, porque iba vestida de un modo muy curioso. Parecía que se llamaba Momo o algo así. El aspecto externo de Momo ciertamente era un tanto desusado y acaso podía asustar algo a la gente que da mucha importancia al aseo y al orden. Era pequeña y bastante flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se podía decir si tenía ocho años sólo o ya tenía doce. Tenía el pelo muy ensortijado, negro, como la pez, y con todo el aspecto de no haberse enfrentado jamás a un peine o unas tijeras. Tenía unos ojos muy grandes, muy hermosos y también negros como la pez y unos pies del mismo color, pues casi siempre iba descalza. Sólo en invierno llevaba zapatos de vez en cuando, pero solían ser diferentes, descabalados, y además le quedaban demasiado grandes. Eso era porque Momo no poseía nada más que lo que encontraba por ahí o lo que le regalaban. Su falda estaba hecha de muchos remiendos de diferentes colores y le llegaba hasta los tobillos. Encima llevaba un chaquetón de hombre, viejo, demasiado grande, cuyas mangas se arremangaba alrededor de la muñeca. Momo no quería cortarlas porque recordaba, previsoramente, que todavía tenía que crecer. Y quién sabe si alguna vez volvería a encontrar un chaquetón tan grande, tan práctico y con tantos bolsillos. Debajo del escenario de las ruinas, cubierto de hierba, había unas cámaras medio derruidas, a las que se podía llegar por un agujero en la pared. Allí se había instalado Momo como en su casa. Una tarde llegaron unos cuantos hombres y mujeres de los alrededores que trataron de interrogarla. Momo los miraba asustada, porque temía que la echaran. Pero pronto se dio cuenta de que eran gente amable. Ellos también eran pobres y conocían la vida. —Y bien —dijo uno de los hombres—, parece que te gusta esto. —Sí —contestó Momo. —¿Y quieres quedarte aquí? —Sí, si puedo. —Pero, ¿no te espera nadie? —No. —Quiero decir, ¿no tienes que volver a casa? —Ésta es mi casa. —¿De dónde vienes, pequeña? Momo hizo con la mano un movimiento indefinido, señalando algún lugar cualquiera a lo lejos. —¿Y quiénes son tus padres? —siguió preguntando el hombre. La niña lo miró perpleja, también a los demás, y se encogió un poco de hombros. La gente se miró y
suspiró. —No tengas miedo —siguió el hombre—. No queremos echarte. Queremos ayudarte. Momo asintió muda, no del todo convencida. —Dices que te llamas Momo, ¿no es así? —Sí. —Es un nombre bonito, pero no lo he oído nunca. ¿Quién te ha llamado así? —Yo —dijo Momo. —¿Tú misma te has llamado así? —Sí. —¿Y cuándo naciste? Momo pensó un rato y dijo, por fin: —Por lo que puedo recordar, siempre he existido. —¿Es que no tienes ninguna tía, ningún tío, ninguna abuela, ni familia con quien puedas ir? Momo miró al hombre y calló un rato. Al fin murmuró: —Ésta es mi casa. —Bien, bien —dijo el hombre—. Pero todavía eres una niña. ¿Cuántos años tienes? —Cien —dijo Momo, como dudosa. La gente se rió, pues lo consideraba un chiste. —Bueno, en serio, ¿cuántos años tienes? —Ciento dos —contestó Momo, un poco más dudosa todavía. La gente tardó un poco en darse cuenta de que la niña sólo conocía un par de números que había oído por ahí, pero que no significaban nada, porque nadie le había enseñado a contar. —Escucha —dijo el hombre, después de haber consultado con los demás—. ¿Te parece bien que le digamos a la policía que estás aquí? Entonces te llevarían a un hospicio, donde tendrías comida y una cama y donde podrías aprender a contar y a leer y a escribir y muchas cosas más. ¿Qué te parece, eh? —No —murmuró—. No quiero ir allí. Ya estuve allí una vez. También había otros niños. Había rejas en las ventanas. Había azotes cada día, y muy injustos. Entonces, de noche, escalé la pared y me fui. No quiero volver allí. —Lo entiendo —dijo un hombre viejo, y asintió. Y los demás también lo entendían y asintieron. —Está bien —dijo una mujer—. Pero todavía eres muy pequeña. Alguien ha de cuidar de ti. —Yo —contestó Momo aliviada. —¿Ya sabes hacerlo? —preguntó la mujer. Momo calló un rato y dijo en voz baja: —No necesito mucho. La gente volvió a intercambiar miradas, a suspirar y a asentir. —Sabes, Momo —volvió a tomar la palabra el hombre que había hablado primero—, creemos que quizá podrías quedarte con alguno de nosotros. Es verdad que todos tenemos poco sitio, y la mayor parte ya tenemos un montón de niños que alimentar, pero por eso creemos que uno más no importa. ¿Qué te parece eso, eh? —Gracias —dijo Momo, y sonrió por primera vez—. Muchas gracias. Pero, ¿por qué no me dejáis
vivir aquí? La gente estuvo discutiendo mucho rato, y al final estuvo de acuerdo. Porque aquí, pensaban, Momo podía vivir igual de bien que con cualquiera de ellos, y todos juntos cuidarían de ella, porque de todos modos sería mucho más fácil hacerlo todos juntos que uno solo. Empezaron en seguida, limpiaron y arreglaron la cámara medio derruida en la que vivía Momo todo lo bien que pudieron. Uno de ellos, que era albañil, construyó incluso un pequeño hogar. También encontraron un tubo de chimenea oxidado. Un viejo carpintero construyó con unas cajas una mesa y dos sillas. Por fin, las mujeres trajeron una vieja cama de hierro fuera de uso, con adornos de madera, un colchón que sólo estaba un poco roto y dos mantas. La cueva de piedra debajo del escenario se había convertido en una acogedora habitación. El albañil, que tenía aptitudes artísticas, pintó un bonito cuadro de flores en la pared. Incluso pintó el marco y el clavo del que colgaba el cuadro. Entonces vinieron los niños y los mayores y trajeron la comida que les sobraba, uno un pedacito de queso, el otro un pedazo de pan, el tercero un poco de fruta y así los demás. Y como eran muchos niños, se reunió esa noche en el anfiteatro un nutrido grupo e hicieron una pequeña fiesta en honor de la instalación de Momo. Fue una fiesta muy divertida, como sólo saben celebrarlas la gente modesta. Así comenzó la amistad entre la pequeña Momo y la gente de los alrededores.
YA TENEMOS A CASIOPEA!
CARTA ABIERTA A CASIOPEA.
Bien querida Casiopea:
Hoy te hemos traído a nuestra vida y tu has llegado a la nuestra, tras tanta dificultad por encontrar una combi como tu. El destino es indescifrable pero real. En un principio muchos ni c...onocíamos un motor, ni que cosa era una correa ni donde iba, que quería decir un cilindro, ni donde iban los números de serie, ni para que servían. Sin embargo lo fuimos aprendiendo poco a poco, con las distintas aspirantes a Casiopeas que no pudieron ser. La primera fue una roja, cuyas puertas y carrocería se desarmaban de tanto oxido. Pero nos gusto el precio, nos quedaría suficiente dinero para remodelarla por completo, cambiar motor, llantas, caja de cambios, hojalata etc. A fin de cuentas mucho trabajo para un mecánico de Playa del Carmen, que ademas de arreglarlo pretenden romper alguna otra cosita para que el carro se vuelva adicto al mecánico. Daba miedo, pero nos aventamos a comprarla. Mientras el hombre nos mostraba los papeles, la abogada Betty revisaba que el numero de serie coincidiera con el de la factura y que el numero de motor también coincidiera, pero no, nunca coincidió y nunca coincidirá. El viejo duenio puede seguir llendose a dormir a la combi roja, cuando la mujer lo hecha de la casa.
La siguiente fue una azul, en buen precio también, 15mil pesos, nada, esta tenia la factura original y el numero de serie correcto . Todo encajaba, un poco oxidada de mas, ya habíamos hecho el presupuesto de hojalateria, unos 13 mil pesos mas, era ideal, en nuestra ilusion ya la veiamos tapizada, amoblada y rodando por las rutas de centroamerica, sonriendole a la vida. Quedamos con el senior de que la compraríamos al día siguiente, para ir a hacienda a hacer el cambio de propietario, pero esa misma tarde, un amigo de Willy le comento que en Tulum había una combi en venta en 30 mil y que estaba perfecta y con cama y toda la cosa! Nos dijo donde la vio aparcada y allí nos fuimos de aventura, los cuatro en búsqueda de una combi de la cual no teníamos mas que una dirección y datos como el color, cuatro ruedas y una cama adentro...
No encontramos esa combi, luego nos enteramos que había explotado, sin heridos ni muertos. En Tulum habían miles de combis, íbamos tratando de ver carteles de <se vende> ninguna lo traía, de pronto, sobre la playa, nos cruzamos con una combi blanca, hermosa, y tenia el dichoso cartel!!!!!!!!!! si, como locos dimos vuelta el auto, atravesándonos a todos los coches, pero no importaba, el viaje no había sido en vano, allí íbamos tras la combi blanca, ahí va, ahí doblo a la derecha , síguela!!! Cuando se detuvo, bajamos jadeantes a preguntarle a la duenia de la combi que cuanto costaba la dichosa combi, 49mil , toda amueblada y con agua corriente e internet. Tapizada con las mejores telas de la india y ruedas de alta montania. La queremos, maniana venimos por ella, le dijimos, pero tan pronto vimos los papeles, se nos heló el corazón por una semana, intentando analizar como solucionar el grave problema que era que le faltara la factura original, ni mas , ni menos. Entre tanto problema de hacer las cosas por las buenas pera no tener problemas en el desenlace de nuestro viaje, buscamos mas opciones, otra azul, en Puebla, fantástica, con cama, con cortinas de cuero de camello, con tapizado de alas de murciélago, en 23mil pesos, una ganga, las ruedas nuevecitas, los dientes limpitos, los espejos de tres dimensiones, era la mejor de todas. Hicimos lo imposible, un amigo de Betty la iba a traer hasta aquí, pero antes nos iban a pasar la grabación de el interior de la combi, porque ademas, y esto si es cierto, tenia una pizarra en el techo!! Pero Fernandito tenia sarampión, y las cosas se pusieron difíciles, los tramites fueron mas lentos y descubrimos que la factura original era decadente! la factura de la combi era en realidad de pollos y lacteos y que se yo!
Nos quiso desalentar, pero Betty al fin acudió al medio de comunicación masivo que tenemos hoy en día, donde cada quien se puede enterar de que comió el otro y que a que hora se durmió o fue al banio: el bienquerido facebook. Allí te vimos por primera vez Casiopea nuestra!, verde, como te queríamos, con techito que se levanta para poner una cama arriba y otra abajo, con banio, con cocina, con un motor excelente, verde que te quiero verde! eras tu! tenias que ser tu, entonces supimos que eras de Merida y que hablabas en yucateco, que eras del 82, como Viki, siempre quisimos que la combi tuviera la edad de uno de nosotros, y te llamamos para hablar contigo, pero aun no tenias voz. Hicimos todo el protocolo de pedirle permiso a tu padre, para traerte con nosotros, para que nos acompanies en este, el viaje de nuestras vidas, donde tu nos enseniaras el camino y aprenderemos a escucharte y a cuidarte. En unas horas llegaras a Playa del Carmen, se que Viki , Willi y Betty vienen conduciéndote....estoy ansiosa.
Te queremos Casiopea! y gracias por esperarnos!
Te pido perdón por las faltas de ortografía, pero tengo una compu gringa que no tiene tildes ni enies y el corrector no me permite arreglar todos los errores.
Bien querida Casiopea:
Hoy te hemos traído a nuestra vida y tu has llegado a la nuestra, tras tanta dificultad por encontrar una combi como tu. El destino es indescifrable pero real. En un principio muchos ni c...onocíamos un motor, ni que cosa era una correa ni donde iba, que quería decir un cilindro, ni donde iban los números de serie, ni para que servían. Sin embargo lo fuimos aprendiendo poco a poco, con las distintas aspirantes a Casiopeas que no pudieron ser. La primera fue una roja, cuyas puertas y carrocería se desarmaban de tanto oxido. Pero nos gusto el precio, nos quedaría suficiente dinero para remodelarla por completo, cambiar motor, llantas, caja de cambios, hojalata etc. A fin de cuentas mucho trabajo para un mecánico de Playa del Carmen, que ademas de arreglarlo pretenden romper alguna otra cosita para que el carro se vuelva adicto al mecánico. Daba miedo, pero nos aventamos a comprarla. Mientras el hombre nos mostraba los papeles, la abogada Betty revisaba que el numero de serie coincidiera con el de la factura y que el numero de motor también coincidiera, pero no, nunca coincidió y nunca coincidirá. El viejo duenio puede seguir llendose a dormir a la combi roja, cuando la mujer lo hecha de la casa.
La siguiente fue una azul, en buen precio también, 15mil pesos, nada, esta tenia la factura original y el numero de serie correcto . Todo encajaba, un poco oxidada de mas, ya habíamos hecho el presupuesto de hojalateria, unos 13 mil pesos mas, era ideal, en nuestra ilusion ya la veiamos tapizada, amoblada y rodando por las rutas de centroamerica, sonriendole a la vida. Quedamos con el senior de que la compraríamos al día siguiente, para ir a hacienda a hacer el cambio de propietario, pero esa misma tarde, un amigo de Willy le comento que en Tulum había una combi en venta en 30 mil y que estaba perfecta y con cama y toda la cosa! Nos dijo donde la vio aparcada y allí nos fuimos de aventura, los cuatro en búsqueda de una combi de la cual no teníamos mas que una dirección y datos como el color, cuatro ruedas y una cama adentro...
No encontramos esa combi, luego nos enteramos que había explotado, sin heridos ni muertos. En Tulum habían miles de combis, íbamos tratando de ver carteles de <se vende> ninguna lo traía, de pronto, sobre la playa, nos cruzamos con una combi blanca, hermosa, y tenia el dichoso cartel!!!!!!!!!! si, como locos dimos vuelta el auto, atravesándonos a todos los coches, pero no importaba, el viaje no había sido en vano, allí íbamos tras la combi blanca, ahí va, ahí doblo a la derecha , síguela!!! Cuando se detuvo, bajamos jadeantes a preguntarle a la duenia de la combi que cuanto costaba la dichosa combi, 49mil , toda amueblada y con agua corriente e internet. Tapizada con las mejores telas de la india y ruedas de alta montania. La queremos, maniana venimos por ella, le dijimos, pero tan pronto vimos los papeles, se nos heló el corazón por una semana, intentando analizar como solucionar el grave problema que era que le faltara la factura original, ni mas , ni menos. Entre tanto problema de hacer las cosas por las buenas pera no tener problemas en el desenlace de nuestro viaje, buscamos mas opciones, otra azul, en Puebla, fantástica, con cama, con cortinas de cuero de camello, con tapizado de alas de murciélago, en 23mil pesos, una ganga, las ruedas nuevecitas, los dientes limpitos, los espejos de tres dimensiones, era la mejor de todas. Hicimos lo imposible, un amigo de Betty la iba a traer hasta aquí, pero antes nos iban a pasar la grabación de el interior de la combi, porque ademas, y esto si es cierto, tenia una pizarra en el techo!! Pero Fernandito tenia sarampión, y las cosas se pusieron difíciles, los tramites fueron mas lentos y descubrimos que la factura original era decadente! la factura de la combi era en realidad de pollos y lacteos y que se yo!
Nos quiso desalentar, pero Betty al fin acudió al medio de comunicación masivo que tenemos hoy en día, donde cada quien se puede enterar de que comió el otro y que a que hora se durmió o fue al banio: el bienquerido facebook. Allí te vimos por primera vez Casiopea nuestra!, verde, como te queríamos, con techito que se levanta para poner una cama arriba y otra abajo, con banio, con cocina, con un motor excelente, verde que te quiero verde! eras tu! tenias que ser tu, entonces supimos que eras de Merida y que hablabas en yucateco, que eras del 82, como Viki, siempre quisimos que la combi tuviera la edad de uno de nosotros, y te llamamos para hablar contigo, pero aun no tenias voz. Hicimos todo el protocolo de pedirle permiso a tu padre, para traerte con nosotros, para que nos acompanies en este, el viaje de nuestras vidas, donde tu nos enseniaras el camino y aprenderemos a escucharte y a cuidarte. En unas horas llegaras a Playa del Carmen, se que Viki , Willi y Betty vienen conduciéndote....estoy ansiosa.
Te queremos Casiopea! y gracias por esperarnos!
Te pido perdón por las faltas de ortografía, pero tengo una compu gringa que no tiene tildes ni enies y el corrector no me permite arreglar todos los errores.
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