sábado, 13 de junio de 2015

Espejismo, Cuento creado en La Pitaya, en Xalapa

ESPEJISMO

Cada sábado Goyo esperaba con ansias la llegada de Ramón, como a él le gustaba llamarlo. Cada vez que se volvían a ver, después de aquel enamoramiento a primera vista en el auto de Pablo, era maravilloso. Se podían quedar horas mirándose sin decir nada y aunque Ramón nunca salía del auto, Goyo sentía que lo quería cada vez más y que no hacían falta las palabras para que aflorara aquel gran amor. Ramón siempre respondía a los besos de Goyo y a Goyo siempre le gustaba cantar como un jilguero al oído de Ramón, para mantenerlo bajo su encanto.
Cuando Goyo se quedaba solo, tras la partida de Pablo con su querido Ramón, se ponía a pensar que sería bonito que algún día, no muy lejano, Ramón se bajara del auto y pudieran acercarse un poco al río a platicar sobre planes del futuro. Le parecía necesario que para que su relación creciera y se fortaleciera debían tener más pláticas explicativas. Como adultos que eran ya no podían dejarlo todo a la deriva de la pasión desenfrenada, sin dar más vueltas al asunto: Goyo quería hijos. Pero no uno, ni dos, ni tres, quería cuatro o más hijos, para llenar de alegría sus días y poderse ir de vacaciones todos juntos en el carro de Pablo.
El siguiente sábado Goyo estaba psicológicamente preparado para enfrentar el silencio de Ramón y proponerle matrimonio. Así fue como sucedió, el que calla otorga, pensó Goyo un poco decepcionado por el silencio de su amante, pero aún así lo llenó de besos y aquel le correspondió todos y cada uno de ellos. Después se atrevió a contarle de sus ilusiones, de los hijos, de las vacaciones...
Como cada sábado Ramón no quiso bajar del auto y al anochecer se fue otra vez, dejando a Goyo con un gran dolor en el alma porque ni siquiera imaginaba la sorpresa que le traería Ramón el siguiente sábado.

Aquel último sábado Pablo llegó cansado, llevaba manejando horas con el espejo roto. Una piedra mal direccionada había partido el espejo lateral del carro en cinco perfectas fracciones y él ya traía el repuesto para cambiarlo. Se disponía a hacerlo de inmediato para no tener más pendientes el resto del día y dedicarlo a descansar en la hamaca. Apenas comenzó a remover los cristales rotos cuando un pájaro se abalanzó sobre él. Como pudo se quitó el pájaro de encima y con trabajo colocó el reluciente y nuevo espejo, botando los añicos a un costado del jardín.

A la llegada del muchacho en su auto blanco con Ramón, Goyo se apresuró, extendió las alas, tomó impulso y voló a su encuentro. Pablo estaba molesto y lo espantó agitando sus brazos. Goyo se sorprendió enormemente, porque fue algo totalmente inesperado que Ramón llegara con cuatro pequeños iguales a él y que por fin se bajaran del auto para convivir todos juntos a un costado del jardín.










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