sábado, 13 de junio de 2015

Juana. (Inspirado en Leti y Pablo, que viajaron con nosotras por Oaxaca y Chiapas)

JUANA

Juana quería nacer. Así le pasaba cuando no era nada todavía, nada más que un deseo inconforme y con nombre, cansado de ser deseo y de ambular por el mundo ilusionado. Desear algo, tener ambiciones es lo que mueve a las personas y las hace marchar conscientes de poder cumplir con aquellos anhelos tan codiciados. Pero para un deseo como tal, ser un deseo es la cosa más aburrida que se pueda imaginar. Porque sólo se pude ser <un> deseo. Los únicos que tienen suerte son los que son pedidos cuando se ve una estrella fugaz cortar el firmamento de oscuridad, aquellos nacen trillizos y pueden ser tres cosas diferentes. Los tres que se piden al soplar las velas en el pastel de cumpleaños, esos son falsos, son como quien dice impostores, falsos deseos.
Por tales razones, Juana decidió luchar por su ser y salir adelante con su labor de ser un deseo que deseaba nacer.
La tarea no sería nada fácil, primero tuvo que pensar en qué quería nacer: planta, árbol, perro, gato, tortuga, hombre, mujer, tubérculo, pollo, pato, policía, caballo, etc. A todo esto hizo una larga lista y fue tachando con borrones lo que descartaba decididamente. A otras les hacía una palomita colorada. Finalmente, quedaron tres palomitas coloradas: mujer, estrella y música.
Los siguientes días se dedicó a leer cómo hacían cada uno de ellos para nacer. Primero leyó la reproducción humana y quedó fascinada y luego ya ni quiso ni tuvo tiempo de leer lo demás. Decidió ir en busca de un papá que fecundara a una mamá para estarse bien atenta e insertarse en el instante específico, donde el espermatozoide más veloz ingresaba al óvulo.
Pero, ¿qué mamá? Y ¿qué papá?.

Había estado observando mucho a los hombres y las mujeres humanos cuando estaba aburrida siendo tan solo un deseo y no le gustaban mucho. Eran muy rutinarios, amargados, agrios, gritones, berrinchudos y no quería pasar el resto de su vida junto a unos adultos tan grises. No iba a elegir tan fácilmente unos padres que la engendrasen. Entonces se fue por el mundo, recorrió China porque le gustaba la idea de comer con palitos, fue por India y desistió al ver que la vaca era sagrada, estuvo en el carnaval de Río y pensó que quería una madre negra para heredar el movimiento de caderas, en Japón le interesó mucho que se escribiera con dibujos tan bonitos. Fue de aquí para allá sin parar. Sin querer confundió a varias mujeres, porque no hay que olvidar que Juana aún era un deseo de nacer, entonces muchas mujeres desearon ser mamás por unos instantes en que Juana las uso como medio de transporte para ir de un lado a otro del planeta. En un avión Juana se quedó dormida y viajó durante diez horas con la misma mujer. Fueron tantas las ganas que tuvo esta mujer de ser mamá que se llevó a su esposo y lo encerró en el baño.
Este deseo escurridizo ya estaba cansado de tanto buscar y decidió darse unas vacaciones en México.
Se dedicaría a disfrutar los colores, la gente, los paisajes. Recorrió un montón de lugares, brincando de mente en mente de las mujeres. A veces causó conflicto por brincar en la mente de los hombres, que al darse cuenta de que no eran ellos los que podían cargar su bebé en el vientre durante los nueve meses de gestación, se llenaban de angustia y para evitarlo se volvían machistas.
En un lugar llamado San Cristóbal, Juana se quedó encantada. Todas las tardes se iba en silencio a ver a unas muchachas que se ponían a recitar poemas absurdos que no decían absolutamente nada coherente pero muchas cosas ciertas. Decían cosas así como “ Si el borde de tu vestido se disecara junto con la bruta realidad ausente de la exigencia veloz de mis pasos, ¿dónde estará el duende que me llevará a romper el nudo de la miga de pan resbalada por el mantel?”. El deseo reía y reía ante las ocurrencias y la reacción de las personas que se detenían a escucharlas.
Era una ciudad muy mágica donde ella recordó que alguna vez había deseado nacer como música. Habían músicos en todos los rincones, esquinas, recovecos y hasta en las cloacas y las copas de los árboles.
Pronto, comenzó a llegar con las muchachas poetisas un muchacho, era pequeñito como un niño, traía un violín y una barba de arbusto. Juana se estaba comiendo un tamal en la mente de una mujer cuando de pronto vio que la muchacha salió corriendo y el otro detrás en una persecución de nunca acabar. -Se están enamorando- pensó.
Recordó lo que había estado leyendo hacía tanto tiempo, cuando se interesó en hacerse realidad como deseo de nacer y allí cayó en cuenta de que habían pasado varios años de vacaciones, que casi se había olvidado de su ser.
Le gustaron estos dos para viajar con ellos y los fue persiguiendo, de pronto se iba a otras cabezas, pero muchas veces andaba en la cabeza de la poetisa de incoherencias muy ciertas. Fue conociendo todo del violinista de la barba de arbusto y de la bailarina de palabras voladoras. Pintaban, cantaban, bailaban, jugaban, reían. Eran tan distintos a los otros humanos que había visto por el mundo, que le caían bien.
Una noche Juana no se podía dormir, estaba pensando muchas cosas y se fue a caminar por el malecón en la cabeza de otras gentes por la noche. Miró el cielo, tomó algunas copas, bailó, se emborrachó y regresó, con la borrachera, a ser aquel enorme deseo de nacer.
Al llegar a la habitación donde dormían el de barbas de arbusto y la poetiza incoherente pero cierta y al ver que estaban como de costumbre dándose besos y abrazándose tiernamente, o locamente o incoherentemente, Juana esperó el momento exacto y se insertó en el instante específico.




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